jueves, enero 25, 2007

La buena hija...

Es lo bueno que tiene el tren, que puedes ir leyendo a no ser que alguna conversación interesante te aleje de las líneas…

Estoy bien mama. Que no. No sé lo que me pasa. Sólo sé que no soy feliz. No, no es culpa vuestra, ni de mi novio, ni mía. No lo sé. Ya me gustaría saberlo, para solucionarlo. Que no… Sí estoy comiendo un bocadillo. Vale no te pongas así. Valeeeee. Venga hasta luego.

Tita, ¿puedes hablar? ¿Qué te ha dicho? Ves, por eso no le quiero contar nada. Luego se preocupa. Ya lo sé… pero si no sé porque estoy así…


Diez minutos después…

Pero me preocupo por ella. Sé que cuando tenga a mi hermana no podrá salir de casa y ya sabes como se pondrá. Tú la conoces desde hace más tiempo que yo y encerrada se amargará. Con mi padre no lo pagará porque si le manda a la mierda se separa, pero conmigo me pegará cuatro gritos y con un abrazo y un te quiero mucho luego ya se soluciona. Ya sé que no tengo que preocuparme por esto, pero lo hago. Y me preocupo por mi hermana. Ella tiene 40 años y cuando sea mayor yo tendré que ser responsable de ella. Ya lo sé que eso no me toca a mi, pero no puedo evitarlo. Le querré explicar las cosas y cuidarla. Y tengo miedo de no saber darle las respuestas correctas. De no estar a la altura….

Me desconcentré y perdí el hilo de la conversación, pero cuando volví a escuchar estaba sollozando. Llegaba mi estación y me tuve que bajar.

Es lo malo que tiene el tren, que llegan rápido las estaciones y cuando tienes pensado hacer algo te tienes que bajar. Me hubiera gustado dejarle enganchado un pos-it en las rodillas que dijera: “tu madre tiene mucha suerte de que seas su hija y vas a hacer a tu hermana la personita más feliz del mundo. No te preocupes que te contagiará su felicidad y sabrás responder a sus preguntas”. Pero no pude. Lástima

miércoles, enero 10, 2007

Jardín infestado...

Era lunes y como todos los lunes el alma me pesaba ahí mismo, abajo del saquito de los cojones…

Durante los meses que estuve de baja tuve tiempo infinito para leer y empecé a apuntar en libretas, entre otras cosas, la frase con la que empezaba el libro y la que me despedía de él definitivamente. Luego también apuntaba las que me gustaban o me hacían pensar y otras con las que estaba tan de acuerdo como si las hubiera parido yo misma.

Esta forma de vivir los lunes es el inicio de La flaqueza del bolchevique y en esta misma lectura encontré una gran perla con la que me sentí muy identificada. Tanto que incluso me permití el lujo de añadir tres palabras entre paréntesis…

"No me importa la desilusión ni los pensamientos deprimentes (ni el dolor), porque de esa vegetación está mi jardín infestado y ya he aprendido incluso a darle forma a los setos" (página 63).

Sonrío ahora al releerlo y me doy cuenta de que una servidora tenía más razón que una santa cuando me repetía a mi misma en los momentos más duros de la recuperación… El dolor no es eterno, el dolor no es eterno, el dolor no es eterno.